El Bernabéu es un termómetro que rara vez se equivoca. Exige porque está acostumbrado a ganar y, cuando percibe esfuerzo, personalidad y fútbol, responde. El nuevo Real Madrid empieza a recuperar esa conexión con su gente. La victoria ante el Málaga, más allá de la diferencia de categoría entre ambos, dejó señales que permiten mirar al futuro con cierto optimismo.
Porque el Madrid ha sufrido demasiado en los últimos tiempos contra rivales a priori inferiores. Esta vez no hubo espacio para la relajación. El equipo de Mourinho salió a imponer su ley y durante muchos minutos jugó con una velocidad y una precisión que desbordaron al conjunto malagueño.
El gran protagonista tuvo nombre propio: Jude Bellingham. El inglés recordó al futbolista que irrumpió en el Bernabéu con la fuerza de una estrella. Recibió en la medular, arrancó hacia dentro, dejó atrás rivales y culminó la acción con un disparo raso que abrió el marcador. El VAR revisó la acción previa, pero no encontró motivo para invalidar el tanto. El 1-0 hizo justicia al dominio madridista.
Mourinho aprovechó el amistoso para introducir cambios en el once y repartir minutos. Hubo novedades en los laterales, más libertad para Camavinga, presencia de Rüdiger en el centro de la defensa y Brahim ocupando el costado derecho. Valverde volvió a ejercer de referencia en la medular, mientras que la BMV mantuvo su condición de intocable.
El segundo tanto llegó cuando el Málaga todavía trataba de recomponerse. Mbappé obligó a Herrero a realizar una gran intervención y Bellingham apareció de nuevo para atacar el rechace. Puga intentó despejar, pero el balón terminó golpeando en el portero y acabó dentro. Un golpe de fortuna que premió la insistencia blanca.
El Madrid siguió encontrando espacios y Trent Alexander-Arnold volvió a demostrar por qué su capacidad para poner balones al área puede convertirse en un arma diferencial cuando el rival se encierra. Desde su banda nació buena parte de la jugada que terminó con el tercer gol. Su envío atrás encontró a Mbappé, que no perdonó de volea y amplió su cuenta particular.
Con el partido prácticamente encarrilado, el ritmo blanco bajó y el Málaga encontró motivos para rebelarse. Los cambios dieron aire al conjunto visitante, que empezó a acercarse con más frecuencia al área madridista. Juan Cruz rozó el gol con un disparo buscando la escuadra y Larrubia dejó algunos detalles de calidad, incluido un espectacular caño sobre Camavinga.
También llamó la atención la gestión del banquillo. Mourinho movió algunas piezas, pero decidió mantener durante buena parte del encuentro a hombres importantes como Vinicius y Mbappé. Bellingham sí acabó abandonando el terreno de juego después de completar una actuación que fue mucho más allá de su gol.
El inglés volvió a ejercer de líder. En una acción defensiva llegó incluso a recriminar a sus compañeros su falta de intensidad en una transición del Málaga. Es una imagen que explica buena parte de su evolución: ya no solo marca diferencias con el balón, también reclama responsabilidad cuando el equipo pierde la concentración.
El Madrid sale reforzado de la prueba. No por haber derrotado a un Málaga recién ascendido, sino por la forma en la que lo hizo durante buena parte del encuentro. Hay fútbol, hay intensidad y, sobre todo, aparecen síntomas de un equipo que vuelve a competir con hambre.
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