El Sevilla celebró su Junta General de Accionistas en la que se aprobó la continuidad del actual consejo.
«Sevilla somos nosotros», entona unánimemente la grada del Sánchez-Pizjuán, acompañando a otros cánticos pidiendo la dimisión de una directiva que el lunes reafirmó su mandato. Se ha vuelto habitual en el contexto sevillista señalar al palco como culpable de una situación que era imprevisible hace apenas dos años. Da igual si el Sevilla empata, pierde o gana – que lo hace poco -, todos las gradas siguen al Gol Norte en una protesta continua que parece que no tiene solución.
Recesión permanente
El sevillista está harto. Harto de la situación deportiva, económica y judicial que convoya a una entidad que recibe miradas de vergüenza de todo aquel que conoce su situación. El consejo de Castro lo tenía muy fácil para tener contenta a la afición. Un Sevilla de récord que asustaba a sus rivales a la vez que lo envidiaban todos los equipos que estaban en su escalafón. Porque el equipo encadenó consecutivamente tres cuartas posiciones ligueras y, por ende, tres clasificaciones a Champions League. No solo eso, sino que también luchó hasta las últimas jornadas por el título de Liga.
A lo mejor desde el club se pecó de exceso de ambición. A lo mejor se quiso dar el salto demasiado rápido y requería una transición más lenta. Por querer seguir ahí arriba, se confió en un cambio de modelo. Se rechazaron ofertas nunca antes vistas por jugadores como Koundé, Diego Carlos, Bono u otras tantas de sus estrellas; lo que implica renunciar a un gran colchón monetario y asumir, una temporada más, el salario y la amortización del futbolista. En ese cambio de modelo de negocio destacó la operación de Martial. Algo insólito para el club: el Sevilla abonaba entorno a ocho millones de euros por la cesión del delantero francés. Se optó por pagar a precio de fichaje una cesión de apenas cinco meses. Según el presidente, enorgullecido por la operación, esta cesión era el salto de calidad y diferencial en ataque que hacía falta para ser un candidato real a todo.
El resultado lo sabemos todos. 12 partidos con la elástica sevillista y tan solo un gol. Lesiones y poca continuidad, el fichaje fue un fiasco absolutamente. El Sevilla, por su parte, quedaría cuarto, a 16 puntos del primero, y eliminado en octavos de final de la Europa League. La vuelta al modelo de negocio clásico de los nervionense no fue la soñada. Casi 40 millones de euros entre los sustitutos de Koundé y Diego Carlos. Casi 40 millones de euros por Nianzou y Marcao que apenas han jugado cuatro partidos juntos.
Una Junta empapada por la vergüenza
A lo mejor es por todas estas razonas por las que ayer se presentaron pérdidas por tercer año consecutivo. Aunque hay cuentas que no cuadran. Con la consecución de dos títulos, la participación en cuatro ediciones de la máxima competición continental, las ventas de Diego Carlos, Koundé o Bono y la liberación de fichas como la de Rony Lopes, las cuentas deberían estar más saneadas. Mucho más. Da la sensación de que algo se escapa en un club en el que sus directivos alardean de transparencia. Puede que tenga que ver, en parte, con los casi tres millones de euros destinados a los sueldos de los directivos, encabezado por el de castro: 750.000 euros. Estas cifras no se pasaron por alto por los allí presentes. Accionistas Unidos propuso como punto del día a tratar, pero fue desestimado.
La Junta de anteayer es de las más bochornosas que se recuerdan. Desde el primer punto, en el que ya se enfrentaron José María del Nido Benavente y José Castro; hasta el final, en el que el presidente concluyó su discurso llamando ex convicto a su opositor, toda la junta estuvo envuelta en un ambiente tenso, en el que el respeto brilló por su ausencia por todos los miembros de la sala. Del Nido Benavente llamó «mierdas» a su hijo, a viva voz y desde la distancia, presenciando un desazón que recuerda a la Junta de 1997. Loperiano total.
Aún así, pese a que se rechazaron todos los puntos del día, incluyendo los presupuestos, el consejo actual seguirá al mando del Sevilla FC. Los únicos puntos en los que el grupo accionarial de Del Nido no pudo votar fueron los respectivos al cese del consejo, como bien se sabía que iba a ocurrir. Del Nido Benavente expresó, una vez más, su disconformidad, como hizo durante todo el acto.
Sin solución a la vista
La junta llegó afortunadamente a su final, dejando una imagen dantesca a nivel nacional: expulsiones a la fuerza, gritos e insultos para decidir el futuro de un club al que no se le reconoce. Tiranía accionarial, que continúa al volante de una embarcación a la deriva en todos los aspectos. En frente, un ex-presidente que se marchó por causas judiciales, que quiere volver por cualquier medio, aunque sea acompañado por capital extranjero que ha sembrado miseria allá donde ha ido. Fuera del Hotel Melia Lebreros estaba el sevillismo protestando. Ese que canta «Sevilla somos nosotros», pidiendo por medio de pancartas y cánticos una solución real. Pero nadie les hace caso. Al final, el club se mueve a merced de la incompetencia de dos peces gordos en conflicto de intereses. Y, en ese conflicto, el único y mayor perjudicado es el sevillismo de base.





