La Final Four de la Euroliga no se jugará este año ni en Grecia, ni Serbia, ni España… La competición ha confirmado a Abu Dabi como el lugar que acogerá este año a los últimos cuatro equipos que queden en pie en la recta final del torneo. Una decisión que, según Dejan Bodiroga, presidente de Euroleague Basketball, se ofrece como «una oportunidad única para mostrar la atmósfera del baloncesto europeo a una audiencia nueva y diversa«. Y tan diversa, si contamos que las gradas no tendrán gran afluencia de los aficionados locales y aquellos que asistan tendrán que gastarse un buen dineral. Seguramente en las butacas del Etihad Arena tendremos una audiencia poco representativa comparado a los grandes ambientes vividos en otras ediciones. La decisión vuelve a poner a la liga en entredicho y lleva a replantearse diferentes puntos de este modelo competitivo que no acaba de agradar a todos.
El inicio del caos
Todo parte de la temporada 2016-17, cuando la Euroliga dio comienzo a un nuevo formato que apostaba por una remodelación total. Una «americanización» del torneo más prestigioso del viejo continente que resulta en una liga cerrada y autosuficiente con ciertas similitudes a la NBA. La ULEB junto con la Euroleague Basketball, empresa con el mismo nombre que la competición, rompieron definitivamente sus relaciones con la FIBA y ensamblaron un total de tres ligas europeas: la Turkish Airlines Euroleague (la primera división), la Eurocup (la segunda) y la Adidas Next Generation Tournament (un torneo de categoría junior). Un conglomerado que aunaba a los equipos más prestigiosos de Europa y posicionaba los torneos organizados por la competencia, la Basketball Champions League (una tercera división) y la FIBA Europe Cup (la cuarta), como las sobras para aquellos que no alcanzaban el nivel suficiente para participar en las ligas de primer nivel.
Desde ese momento el modelo planteado por la Euroliga se ha visto envuelto en un mar de dudas. Está claro que nunca llueve a gusto de todos, pero en la Euroliga rara vez lo suele hacer en el terreno del modesto y cada vez quedan menos salientes a los que aquel fiel amante del baloncesto europeo puede agarrarse. Una decadencia que no surge por un bajón de nivel, sino más por las decisiones que se toman fuera de las canchas. Los despachos han dado pie a un formato que excluye el talento nacional, ralentiza la progresión de los jóvenes, complica el desarrollo de los equipos de la zona media de las ligas domésticas o impide participar a sus jugadores en la ventanas clasificatorias para los torneos de selecciones. Los problemas están ahí y tal como se plantean también pueden solucionarse, o por lo menos ponerse encima de la mesa.
Siempre los mismos
Un total de 18 equipos componen la Euroliga actual. Unas presencias que responden a las diferentes licencias de las que disponen. En primer lugar, la licencia A pertenece a las once entidades con contrato definitivo y les asegura una participación todos los años, aquí se encuentran los equipos españoles, los griegos o los turcos (incluso CSKA Moscú con una licencia suspendida). Por otro lado, la licencia B responde a una invitación multianual dados los méritos conseguidos en las ligas nacionales y la C al campeón y finalista de la Eurocup de la temporada anterior. Tras completarse estas invitaciones, quedan libres otras tres que responden a criterios variables y permiten disputar la competición durante un año, esta licencia D reciba el nombre de wild card.

El resultado es un modelo de competición donde en los últimos años apenas han entrado a la rueda europea nuevos equipos. Si acaso aquellos incorporaciones obligadas hace cinco años por la expulsión de los equipos rusos de la competición; pero desde el curso 22-23, la salida de Valencia Basket y llegada del París Basketball ha sido el único movimiento «natural». A su vez, dicha partida por parte del equipo taronja es una muestra de las flaquezas del formato. Donde pese a no quedar en los últimos puestos de la tabla, siempre con unos cinco equipos por detrás de ellos, los problemas con la renovación de la licencia acabaron por dejarlos fuera.
Si miramos de reojo al fútbol observamos una evolución similar a la Euroliga en su Champions League, con una tabla unificada para todos que determina los cruces en las eliminatorias posteriores. Aun así, el deporte rey premia algo en su máxima competición europea que el baloncesto no hace: recompensar a la sorpresa. Sería imposible ver a un Girona jugando la Euroliga si de un equipo de básquet se tratara. Una buena actuación en ACB, tal y como vimos con el UCAM Murcia en 2024 este curso anterior, no sirve de mucho a nivel continental. Y aunque se pudiese, ¿sería factible? Imposible. Ni la competición, ni el formato tan exigente lo permiten.
Nula simbiosis con las ligas nacionales
La liga continental y las nacionales tampoco destacan por presentar una gran comunión con este modelo. En ACB, la competición doméstica más puntera del continente, el hecho de jugar de uno a dos partidos semanales de Euroliga lleva a los equipos españoles a restar efectivos y completar peores actuaciones. Exceptuando el Real Madrid, un equipo que siempre consigue llegar a las rectas finales con posibilidades reales; Barça, algo menos, y Baskonia, casi siempre, suelen quedarse entre dos aguas. El equipo vitoriano acumula ya dos años sin clasificarse a la Copa del Rey y el curso anterior ni consiguió entrar siquiera a los playoffs. A cambio, tras un duro play-in se enfrentó en cuartos de final al Real Madrid donde cayó derrotado con un 3-0. En definitiva, una temporada salvada a nivel económico, pero que en lo deportivo dejó que desear con una plantilla claramente desgastada fruto de un calendario abultado.
Ejemplos como el de Baskonia también lo vimos hace unos años con el Gran Canaria. Tras derrotar de forma sorpresiva en playoffs al Valencia Basket, tuvo la posibilidad de jugar la Euroliga el siguiente curso y prácticamente hipotecó su nivel competitivo en los años venidores. Al Valencia Basket ha vivido más de lo mismo. Grandes plantillas que se dejaron la piel en Europa y se desinflaron en Liga Endesa.
Estos precedentes llevan a clubes que con sudor plasman un gran temporada (como UCAM en 2024, Burgos en 2021, Zaragoza en 2020, etc.) a ver desde lejos eso de soñar con algo grande en Europa. El calendario extenso les lleva a decidir rápidamente sus objetivos. Por lo que lejos de irse a la Eurocup, demasiados partidos y mucho desgaste, prefieren disputar la Basketball Champions League de la FIBA, menos partidos y misma ilusión. Casos similares se prevén que ocurran con Unicaja o Valencia este año. Un problema para repartir los limitados cupos existentes que no premia de forma igual los méritos deportivos.
¿Dónde está el talento joven?
Otro melón por abrir es ese desabastecimiento de jugadores jóvenes. Ya sea por falta de oportunidades o su rápida marcha al extranjero, a veces ya desde etapas formativas. La Euroliga apenas trabaja con nuevos referentes y los Doncic, Jokic, Wembanyama o Giannis son estrellas NBA que tienen como elemento común el haber partido a Estados Unidos desde muy jóvenes. Ejemplos de todo ese talento joven que Europa dejo escapar antes de tiempo. Claro está que la NBA siempre va a ser la cima con la que aspire cualquier jugador, pero intentar que nombres con tanto potencial hubiesen pasado alguna temporada más aquí hubiese sido lo ideal. El mayor impedimento es otra vez un formato feroz conformado por plantillas demasiado cortas. Casi no hay hueco para dejar un puesto en la rotación a un jugador joven con potencial y ese espacio acaba siendo para un jugador veterano de nivel medio.
Esta problemática dentro de una cultura del baloncesto como la Europea, que siempre destacó por las canteras, es de los puntos más desoladores del modelo actual. Una competición de infinitos encuentros donde los novatos ven imposible hacerse un hueco es una realidad difícil de entender. No solo frena la progresión a futuro, también da un mensaje que para llegar importa más el momento que el talento. Y es que los equipos tampoco están dispuestos a dar ese paso. Al final, la subsistencia para la mayoría de entidades es el objetivo sobre el que giran la mayoría de decisiones.

Dichas problemáticas plantean un futuro condenado a un inconformismo infinito. El cambio parece lejano y solo podría llegar si se convence a los equipos pilares, ya que la Euroliga actual se aprovecha de su privatización para marcar su rumbo de forma individualista y elitista. Pese a que la desconexión con la FIBA o las ligas domésticas es evidente, no se prevén estrechar lazos en un futuro próximo. Todo lo contrario, el plan de expansión, como hemos visto con el anuncio de la Final Four en Arabia Saudí, aislará aun más a estos grandes equipos con respecto al resto. La otro solución que suena cada vez más es la llegada de la NBA, pero aún parece lejana y borrosa. La misma Euroliga bajo el nombre de NBA Europe no solucionaría nada. La evolución ha de llegar nutriendo al ecosistema baloncestístico europeo, pensando algo más en los equipos, jugadores y aficionados.






