El 28 de octubre, el Valencia jugará en su propia casa como equipo visitante. La anomalía administrativa esconde una pregunta más interesante. ¿Qué significa "jugar en casa" cuando el fútbol es, ante todo, una cuestión de pertenencia?
La respuesta empieza en la primera ronda de la Copa del Rey, a partido único. El miércoles 28 de octubre, a las 21:00, el Camp de Mestalla acogerá el duelo entre la UE Tavernes de la Valldigna, de la Lliga Comunitat, y el Valencia CF. El partido se juega en Mestalla, pero el local oficial es el Tavernes. El dueño de la casa, el visitante.
Una casa prestada
La normativa de la Copa establece que estas eliminatorias se disputen, generalmente, en el campo del equipo de menor categoría. El Tavernes quiso, desde el sorteo, recibir al Valencia en su Camp Municipal, un recinto de unos 2.000 espectadores.
El club exploró alternativas, entre ellas el estadio del Alzira, y acabó eligiendo Mestalla. El Valencia puso el estadio a su disposición y, en palabras del propio club de la Vall, "el sueño es real". Un equipo fundado en 1940 que se clasificó para la Copa tras ganar la Nostra Copa el pasado 4 de mayo jugará en uno de los estadios más míticos de España.
Cincuenta y cinco kilómetros de distancia
Entre Tavernes y Valéncia hay unos 55 kilómetros, algo menos de una hora por carretera. Una distancia corta en el mapa pero larga en lo simbólico. Tavernes forma parte de la Safor: una comarca con una marcada identidad e historia dentro de la Nación Valenciana, con su ritmo, sus tradiciones y su manera de entender el fútbol.
Debido a esas maneras, según la gente del pueblo, no entienden el Tavernes si no es de la mano de sus gentes. Para ellos, apoyar al equipo de su pueblo es algo, prácticamente, obligatorio. Pues, según palabras de Josep Antoni, un reciente jubilado de 64 años, "no somos un pueblo especialmente bonito ni llamativo, pero todos nos queremos, y eso hace que nos guste el Tavernes". A sus palabras, lo bonito del equipo es animar al hijo de la vecina, del ferretero o del mecánico del pueblo.
Localismo: el fútbol como lugar
Buena parte de la reflexión sobre identidad y deporte coincide en que el fútbol es, ante todo, una forma de ocupar un territorio simbólicamente. Un club pequeño no compite solo contra otro equipo: representa a un lugar frente a otros lugares, sea el pueblo vecino, la comarca rival o la gran capital.
La Copa del Rey tiene la rara virtud de suspender, durante 90 minutos, la jerarquía. Por un rato, el equipo de la comarca y el club de Primera pisan el mismo césped, con las mismas reglas. Para una afición acostumbrada a campos de 2000 plazas, entrar en un estadio de más de cuarenta mil es, a la vez, un premio y una prueba. El localismo, lejos de diluirse en un escenario mayor, se concentra: cada bufanda, cada cántico, cada pancarta con el nombre del pueblo se convierte en afirmación.
El Valencia, visitante en su propia casa
La paradoja tiene otra cara. El Valencia, que enarbola la bandera del "Mestalla casa nostra", tendrá que ceder la condición de local en su propio estadio. Y lo hará con la mudanza al Nou Mestalla a la vuelta de la esquina.
Además, el equipo che no está en un buen modo. La reciente derrota contra el Villarreal y el descontento general de la afición valencianista hace que la gente haya perdido la fe en el equipo y no se viva el último año del Camp de Mestalla como debidamente merece.
Una noche para el recuerdo
Sobre el césped, el partido tiene un claro favorito. Pero la Copa existe, precisamente, para cuestionar esa certeza. El Valencia, entrenado por Javier Aguirre, buscará evitar el susto; el Tavernes, jugar sin complejos.
Sea cual sea el resultado, el 28 de octubre quedará grabado en la memoria del club de la Valldigna. Porque, más allá del resultado, habrá jugado en casa de los grandes sin haber dejado de ser él mismo: un pueblo, un escudo y un sueño.
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