El aficionado de Pamplona tuvo la suerte de que le tocara el sorteo de la UEFA y obtuvo su entrada el lunes como si le fuera la vida en ello
Hay aficionados que viven el fútbol como una costumbre. Y luego están los que lo viven como una extensión de su propia identidad. David pertenece claramente a los segundos. Pamplonés, rayista desde hace más de una década y ahora desplazado a Atenas, su historia es la de miles de seguidores que ven en el fútbol algo más que noventa minutos.
Todo empezó con un mensaje. En un grupo de rayistas (la Franja, que ha pasado de Bratislava a Atenas siguiendo al equipo) apareció el comunicado de la UEFA sobre el sorteo de entradas para la final de la Conference League. Sin pensarlo demasiado, y casi como quien compra un billete de lotería, David decidió apuntarse. «Probar suerte», dice. Nada más.
«Cuando hice el registro era la solicitud 700.000», recuerda. Una cifra que convierte cualquier optimismo en ingenuidad. Por eso, cuando llegó la confirmación, la reacción fue pura incredulidad transformada en euforia. No entraba en los planes. Y quizá por eso supo mejor.
No hubo dudas sobre el compañero de viaje. Txivo, amigo y cómplice en esta aventura, era la elección natural. Uno desde Pamplona, el otro desde Huesca. Para ellos, las entradas de la UEFA no eran solo una oportunidad, sino prácticamente la única vía realista para estar en una hipotética final. «El problema de hacer colas no lo íbamos a tener de todas maneras, porque yo soy de Pamplona y Txivo de Huesca, así que las entradas de la UEFA eran la mejor opción en nuestro caso», afirma.
El día de la compra, disciplina absoluta. A las 11:00 horas, puntual «como un reloj», David estaba frente a la pantalla. Sin colas físicas, sin carreras, pero con esa tensión silenciosa que solo entiende quien ha esperado algo importante durante mucho tiempo.

Y, sin embargo, todo esto ocurre en condicional. Porque el Rayo Vallecano aún no está en la final. Ni siquiera en semifinales. Antes toca superar al AEK Atenas, un rival que David no duda en despachar con confianza: «Estoy seguro de que les ganamos». Lo dice desde Atenas, donde ya está apoyando al equipo.
Para él, el rival en semifinales es casi irrelevante. Cree en algo más difícil de medir, que es el estado de ánimo de su equipo. «Si el Rayo juega como sabe, puede ganar a cualquiera», afirma. No duda ni un segundo de que el Rayo tiene diferentes herramientas para lograr su pase a la final.
Eso sí, la prudencia logística se mantiene. Los vuelos aún no están comprados. Esperarán, paso a paso, como si no quisieran tentar a la suerte más de lo necesario. «De momento, es lo único que nos queda por comprar. Esperaremos a que acaben las semifinales. En el caso de que no lleguemos a la final, no creo que vayamos, preferimos vender las entradas a la UEFA para que puedan aprovecharlas dos aficionados cuyo equipo esté en la final».
Cuando se le plantea el dilema definitivo (descender pero ganar el título europeo o mantenerse y perder la final) no duda: «Prefiero ganar la Conference aunque suponga descender. La oportunidad de ganar un título europeo es algo que seguramente no nos vuelva a pasar, por eso lo prefiero». La respuesta no es táctica ni racional desde un punto de vista deportivo. Es emocional. Es histórica. Es, en cierto modo, irreversible.
David es aficionado del Rayo Vallecano desde 2012, aunque no recuerda la fecha exacta. Tampoco importa demasiado. Lo que sí tiene claro es lo que el club representa: «coraje, nobleza y humildad». Valores que no siempre aparecen en las estadísticas, pero que sostienen todo lo demás.
Además, por si fuera poco, se moja por completo con su porra para la final: «A un partido, el Rayo es capaz de ganar a cualquiera; ya lo ha demostrado en los últimos años ante equipos de mayor nivel que el nuestro. De hecho, me atrevo a decir que, si llegamos a la final, ganaremos 2-1 con goles de Álvaro y Pathé Ciss». Al final, para aficionados como David, el fútbol no se trata de probabilidades, se trata de estar.





